Es probable que ya hayas ganado o perdido antes de empezar a debatir

debate político

Por Luis Arroyo 

En función de cuáles son las expectativas, así se ve todo. Un libro muy recomendable publicado hace poco revisa la psicología de las expectativas y su impacto en la vida cotidiana. Se llama Mind Over Mind, the Surprising Power of Expectations. De las expectativas también depende en cierta medida cómo se ve a los contendientes en un debate electoral.

Escribí sobre esta cuestión, y en particular sobre el debate electoral en España entre Rajoy y Rubalcaba en 2011. El texto forma parte del libro Debate del debate, 2011, una publicación gratuita de la Academia de la Televisión española y de la Universidad Rey Juan Carlos,presentado recientemente.

Según me dice Manuel Campo Vidal, estará en Internet disponible en breve. Este es el capítulo breve que me correspondió a mi:

“Es probable que ya hayas ganado o perdido antes de empezar a debatir” El contexto previo del debate y la predisposición de la audiencia

Capítulo del libro Debate del debate 2011 de la Academia de la Televisión y de la Universidad Rey Juan Carlos.

mind over mind - debateHe preparado un par de decenas de debates televisados y siento mucho decepcionar a los racionalistas con esta mala noticia: por muy bien que lo haga tu candidato, por extraordinarios que sean sus argumentos y minuciosamente preparadas sus “espontáneas” intervenciones, antes de empezar el debate ya sabemos con mucha probabilidad quién va a ganar y quién va a perder. Este hecho hunde sus raíces en el caprichoso cerebro del ser humano, la insidiosa presencia de las predisposiciones ideológicas en buena parte de la audiencia, y la instantánea entrada en juego de los comentaristas que dirigen la opinión de la mayoría. Vamos por partes.

Pese a lo que aún creen los teóricos de la democracia deliberativa, aún enganchados al mito de la Ilustración del siglo XVIII, los seres humanos no estudiamos las minucias de la realidad política para deducir de ella nuestras opiniones. No estudiamos los argumentos de unos y otros y elaboramos nuestra propia opinión a partir de ellos. No vemos primero y luego creemos. Es más bien al contrario: primero creemos y luego, en función de nuestras creencias, así vemos. En ese sentido sí somos muy “racionales”: en lugar de estudiar todas las posibles alternativas a los infinitos problemas que enfrentamos, descansamos en el criterio de los expertos, nos fiamos de lo que nos dicen los líderes de opinión que preferimos, tendemos a buscar las opiniones que refuerzan lo que ya sabemos y a despreciar las opiniones que nos contradicen, y nos dejamos llevar por la intuición, que requiere menor gasto de energía porque es más rápida.

Nuestra cabeza, para que la vida resulte más cómoda, desprecia lo que contradice nuestras creencias y sobrevalora lo que las confirma. Los psicólogos lo llaman desde hace medio siglo “disonancia cognitiva.” De manera que cuando un espectador conservador ve un debate presidencial con su candidato enfrentándose al candidato progresista, todo lo que diga el primero será escuchado con extraordinaria generosidad, y todo lo que diga el segundo será puesto en cuestión de forma inmediata. Eso nos permite anticipar ya, a la luz de las encuestas previas, cuánta gente tenderá a decir que ha ganado uno u otro candidato o candidata, incluso antes de que el debate se produzca.

Por supuesto, puesto que no todo el mundo es conservador o progresista y suele haber en torno a un 20 por ciento de la población (el porcentaje es poco fiable, depende mucho del momento y el lugar, pero sirve para hacerse una idea) que anda realmente indecisa sobre su participación en las elecciones, un debate puede resultar decisivo en algunos casos en el resultado electoral. Pero que un debate sea decisivo no quiere decir que haya producido un vuelco de opinión repentino. Tal cosa no ha sucedido nunca hasta la fecha. Quizá algún día descubramos gracias a un debate que un candidato es un pederasta y veamos cómo el candidato lo reconoce en directo y eso cambie de pronto la intención de voto en 180 grados, pero eso, ya digo, no ha sucedido nunca hasta donde a mi me alcanza la memoria. Si un candidato se atreve a agredir por sorpresa a su contrincante sobre un asunto revelador, lo que suele suceder es que los seguidores de éste último reaccionan victimizándose y reforzando su apoyo al “agredido”: algo parecido le sucedió al candidato al Ayuntamiento de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, cuando el candidato socialista apeló implícitamente a una relación personal extramatrimonial. Lo que sí puede pasar es que estando los dos candidatos muy parejos en sus expectativas de voto, el debate pueda decantar a un pequeño porcentaje de la población, quizá un uno o un dos por ciento, y eso sea suficiente para generar un resultado electoral dudoso o incluso imprevisto. Así pasó con el famoso debate primigenio Nixon – Kennedy, gracias al cual éste obtuvo el puñado de votos que le permitió ganar. O así pudo suceder con el segundo debate González – Aznar, que el presidente ganó impidiendo probablemente una victoria del segundo que parecía inevitable.

Un debate electoral televisado, en fin, no es una comparecencia de dos o más candidatos ante una audiencia que juzga con neutralidad y asepsia. Es un espectáculo televisivo ofrecido a gente que se planta frente a la televisión con su mochila llena de prejuicios, creencias previas y sesgos de todo tipo, y sin ninguna intención de despojarse de esa pesada carga que tanto altera el juicio frío sobre lo que se ve.[i] Curiosamente, además, cuanto más politizado está uno, más tiende a gustarle reconfirmar sus posiciones, para decepción de los defensores de la democracia deliberativa, una suerte de mito que prevé la existencia de un paraíso de ciudadanos muy informados. Resulta que cuanto más informado está el ciudadano o ciudadana, más se polariza, de forma que quienes tienden a ver el debate en su integridad y a comentarlo y a circular opiniones sobre él, suelen ser los ciudadanos más radicales en sus opiniones. Cosas de la condición humana real, no la que dibujan los idealistas de una democracia de personas equilibradas y racionales en el sentido clásico.

En segundo lugar, la evaluación de un debate por parte de la opinión pública es resultado de poderosas corrientes de opinión previas a su celebración. En un debate se confirman, matizan, y muy pocas veces se refutan, narrativas ya fuertemente asentadas en una sociedad. Los contendientes representan papeles ya conocidos, son personajes en un drama más o menos familiar para la ciudadanía. Las grandes sorpresas en algunos debates proceden precisamente de la refutación de narrativas ya existentes, del giro que a veces se produce con respecto a la dirección que hasta entonces habían tomado los acontecimientos. Por ejemplo, Sarah Palin, en el debate más visto de la historia, aquel de los candidatos a la vicepresidencia de Estados Unidos en el que se enfrentó con Joe Biden, dio la sorpresa al presentarse como una mujer más o menos solvente, rompiendo el arquetipo que la identificaba como una gobernadora muy ignorante y poco preparada. Interpretando con desparpajo las fichas que su equipo le había preparado para cada una de las intervenciones, memorizándolas sin salir del guion establecido cada uno de los textos, Palin estuvo muy por encima de las expectativas bajísimas que los americanos y el resto del mundo tenían sobre ella.[ii] Un debate tiene un resultado determinado en función de las expectativas del público. Otro buen ejemplo lo proporcionaron el primer ministro Brown, en favorito David Cameron y el tercer candidato Clegg, en el primer debate “presidencial” de la historia de Gran Bretaña, en 2010. Puesto que ya existía una desafección muy importante por parte de la población con los dos candidatos de las opciones clásicas del país, los conservadores y los laboristas, una muy buena estrategia del tercero en discordia, que constantemente se ponía al margen de la pelea de los dos favoritos, permitió que el público evaluara la actuación de Clegg como la mejor de las tres. En una situación como la que España tiene en 2011, con una desconfianza abrumadora en los dos grandes partidos, PP y PSOE, si Rosa Díez hubiera tenido la oportunidad de debatir con Rajoy y Rubalcaba, es seguro que habría ganado el debate, sólo por representar una tercera opción distinta de las mayoritarias, mucho más cómoda de representar en ese momento. Por supuesto, por ganar o perder un debate no se ganan o pierden unas elecciones. Clegg no ganó las elecciones como Rosa Díez no habría ganado en España por mucho que hubiera destacado en ese muy improbable encuentro con los dos grandes candidatos.

Las expectativas que la audiencia deposita en los contendientes tienen por tanto una influencia trascendental en la recepción del debate. Por eso los equipos suelen rebajar las expectativas sobre la previsible actuación de su candidato, y elevarlas con respecto a la  actuación del contrario. Suelen exagerar, por ejemplo, el tiempo de preparación del propio candidato, como forma de explicar lo dura que será la batalla y con frecuencia conceden que su contrario es un gran debatiente. Lo hizo incluso Obama con McCain. Lograr que la gente espere mucho de tu contrario es importante si quieres que finalmente obtenga de él o de ella menos de lo esperado.

Y, tercero, el resultado está muy marcado por lo que digan los opinantes en quienes la gente confía. Hoy esa opinión, por primera vez en la historia de los debates electorales, es simultánea. Se produce al mismo tiempo que el propio debate, gracias a Twitter y la cobertura en tiempo real por parte de los medios de comunicación digitales. Hace sólo una década o dos, había que confiar en la opinión de unos pocos expertos, que, además, tardaba un cierto tiempo, quizá unas horas o incluso un día, en llegar al público. Hoy tienes que contar con una pequeña brigada de intervención que apoye a tu candidato, que cante sus éxitos, que desmonte los argumentos del contrario. No es fácil, porque si los miembros de esa brigada (el equivalente cibernético de los coros de la tragedia griega, que cantaban las victorias del héroe), no se lo creen, no estarán suficientemente motivados, y sus opiniones se verán inverosímiles, impostadas. De cualquier forma, si antes bastaba con “calentar la oreja” de una decena de opinantes cualificados, hoy es importante también calentar las pantallas de los blogueros y los seguidores en Twitter.[iii]

El mismo día del debate entre los dos candidatos presidenciales españoles, Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy, publiqué que muy probablemente el debate lo ganaría Rajoy.[iv] No, decía, porque lo hiciera mejor Rajoy, que de hecho lo hizo mucho peor, sino porque todos estos factores que aquí cito conspiraban para hacer a Rajoy ganador del debate, por muy mediocre que fuera su actuación. En efecto: una población alineada mayoritariamente con los conservadores de Rajoy; unas expectativas muy altas con respecto a la capacidad argumentativa de Rubalcaba, que resultaban fáciles de decepcionar en ausencia de una narrativa poderosa; dos personajes ya construidos: el “presidente” Rajoy con el “aspirante resistente” Rubalcaba; un contexto informativo muy favorable para quien sería pocos días después, de forma inevitable, presidente del Gobierno; y un ejército de animados seguidores conservadores que ya se veían ganadores de las elecciones.

No siempre es así; la casuística es inmensa y las circunstancias muy variables, pero ya antes de empezar un debate, con frecuencia sabemos si un candidato tiene o no probabilidades de ganarlo, haga lo que haga delante de las cámaras.

En un recomendable libro sobre liderazgo, el prestigioso politólogo Joseph Nye señala bien la importancia del contexto en el ejercicio político, que tanto afecta también al momento sublime de un debate televisado. Termino con sus propias palabras:

Además de saber discernir tendencias en la complejidad, la inteligencia contextual también supone adaptabilidad para intentar determinar los acontecimientos. Bismark la definió en una ocasión diciendo que era la capacidad de intuir los movimientos de Dios en la historia y agarrarse al borde de su túnica mientras pasa raudo sin detenerse. Un experto en ciencias políticas estadounidense describe el proceso de gobierno diciendo que líderes y empresarios políticos ‘hacen más que presionar, persionar y presionar en favor de sus propuestas o de su concepción de los problemas. También están al acecho de que se presente una oportunidad.’ Como los surfistas, ‘su presteza, combinada con su destreza para subirse a la ola y usar unas fuerzas que escapan a su control, contribuyen al éxito.’ En situaciones no estructuradas suele ser más difícil plantear las preguntas adecuadas que obtener la respuesta correcta. Los líderes con inteligencia contextual tienen la capacidad de ofrecer un significado o de fijar una ruta definiendo el problema al que se enfrenta el grupo. Entienden la tensión entre los diferentes valores que inciden en una cuestión y saben hallar el equilibrio entre lo deseable y lo factible.[v]


[i] Sobre los caprichos del cerebro en la percepción de la realidad, y la fuerza de las emociones y los prejuicios, es altamente recomendable el libro del premio Nobel Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio, Debate, 2012.

[ii] El episodio está contado con detalle en El juego del cambio, el magnífico libro de John Heilemann y Mark Halperin, Planeta, 2010.

[iii] Sobre estos paralelismos históricos, sobre la puesta en escena en los debates y en la política en general y sobre los fenómenos de contagio de opiniones puede leerse en mi libro El poder político en escena: Historia, estrategias y liturgias de la comunicación política, RBA, 2012.

[iv] www.luisarroyo.com: “Apuntes sobre el debate de hoy”, 7 de noviembre de 2011.

[v] Joseph Nye, Jr., Las cualidades del líder, Paidós, 2011, pp. 100 y 101.

 

Fuente: Blog de Luis Arroyo