De votantes y atención política

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Por: Roger Senserrich

Pew publicó hace un par de años una encuesta deprimente sobre política americana. La idea era simple: averiguar qué saben los votantes estadounidenses sobre política americana. Un examen de conocimientos generales, por así decirlo. Para que os hagáis una idea, aquí van algunas de las preguntas:

  • ¿A qué partido pertenece John Boehner?
  • ¿A qué partido pertenece Nancy Pelosi?
  • ¿Cuál de los dos grandes partidos quiere limitar el acceso al aborto?
  • ¿Reducir el tamaño del gobierno?

Las respuestas, para los que jugáis desde casa, son republicano, demócrata, republicano, republicano. Entre los encuestados, sólo un 55% sabía a qué partido pertenecía Boehner, 61% el de Pelosi, 61% sabía que los republicanos son antiabortistas y sólo un 55%  identificaba al GOP como el partido que busca reducir el gasto público. Estamos hablando del líder de facto de la oposición a Obama (y probablemente el hombre más poderoso de Estados Unidos), la líder reciente de una mayoría legislativa que aprobó varias leyes que cambiaron el país hace apenas cinco años y dos cuestiones que son el tema central de debate en el país. El partido republicano ha estado a punto de llevar el país a la bancarrota tres veces en los últimos tres años para reducir el tamaño del gobierno federal. Casi la mitad de americanos no lo saben.

Aunque es cierto que el grado de atención de los votantes estadounidenses a su sistema político no es especialmente estelar, esta clase de encuestas no son del todo inusuales. Sabemos, y es algo que vemos repetidamente en sondeos, que el electorado en general tienen una idea relativamente clara sobre quién es presidente, pero sus conocimientos en temas y políticas públicas concretas es a menudo un tanto limitado. Podemos tener un partido que ha basado toda su estrategia de oposición durante cuatro años a criticar el estatismo cripto-socialista de Obama, y los votantes a menudo seguirán sin ser capaces de recordar quién dice qué.

Cuando se piensa en el votante mediano en una democracia representativa, la imagen mental no debe ser alguien que lee los periódicos, debate en los comentarios de Politikon y se traga el telediario todos los días. La mayoría de columnistas y lectores de esta página somos así, pero somos bichos raros; el porcentaje de la población realmente informada sobre política me extrañaría que estuviera por encima del 20% del electorado. Para poneros en la piel del votante mediano, pensad en un deporte que no sigáis demasiado (digamos, baloncesto o ciclismo) y pensad qué clase de respuestas daríais si alguien os hiciera un sondeo sobre el tema. Seguramente sabéis quién es Lebron James, qué es la ACB y quién ganó la NBA el año pasado (“¿Los Lakers?”), pero no tenéis ni la más remota idea sobre quién es el entrenador del Barça de baloncesto o el base titular del Madrid. Si el equipo de vuestra ciudad o la selección llega a una final casi seguro os vais a enterar, pero no tendréis demasiada idea sobre las virtudes del equipo y las del rival hasta que los medios os bombardeen con noticias.

Los votantes con la política tienen una relación parecida: saben de qué “equipo” son (su partido), saben cómo les gusta que jueguen (la ideología en general) y conocen más o menos qué competiciones hay y cómo se puntúa (las instituciones), así como cuatro o cinco jugadores importantes (unos cuantos candidatos). Cuando llegan elecciones es como cuando estamos a final de temporada y tenemos finales en la tele; se enteran de más cosas y prestan más atención. En la temporada regular, sin embargo, los políticos son ruido de fondo.

Esto no quiere decir que sean tontos, inconscientes o irresponsables, por cierto; es más, es perfectamente racional. Para tener opiniones informadas sobre absolutamente todo un votante debería dedicar horas y horas a leer estupendas páginas en internet como esta, algo que por mucho que me esfuerce escribiendo sé que es un soberano peñazo. La democracia representativa es un mecanismo un poco torpe pero no del todo ineficaz para hacer que eso del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo sea más o menos practicable con una ciudadanía que tiene familia, trabajo, niños y muchas cosas mucho más interesantes en su vida que empaparse de política.

Es por este motivo, entre otros, que tiendo a ser entre un poco y bastante escéptico de todo aquel artículo que se queja que los políticos o el presidente del gobierno han perdido el contacto con el electorado y viven en una nube. Historias como esta, hablando del síndrome de la Moncloa, tienen algo de verdad (los presidentes viven bastante aislados, eso es cierto), pero siempre me ha costado creer que el problema de nuestros dirigentes sea que no escuchan a sus votantes. La cuestión es, los votantes realmente no prestan demasiada atención de media ni a los políticos ni al sistema político. En la mayoría de decisiones importantes, la opinión pública realmente no está por la labor de tener una posición clara.

La participación ciudadana es importante. Tener unos votantes activos e informados es crucial para tener una democracia sana y vibrante. Queremos involucrar a todo el mundo en la toma de decisiones, que se movilicen, piensen y demanden. De acuerdo. Lo que no podemos olvidar, sin embargo, es que la capacidad del electorado para prestar atención es limitada, y que por mucho que esperemos que los políticos hagan caso al pueblo, la parte ruidosa, activa, involucrada y protestona de este pueblo no tiene por qué ser demasiado representativa.

En democracia los políticos son imperfectos; la ciudadanía también lo es. Substituir el elitismo por el populismo no tiene por qué ser una gran mejora.

Fuente: Politikon