Manual para ganar elecciones

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Ganar elecciones es muy difícil, y desafortunadamente, no siempre son suficientes las buenas ideas o las trayectorias sólidas. Gastar plata ayuda mucho y como lo han denunciado varios políticos, las campañas son cada vez más caras y esta no es la excepción. La Silla comenzó a armar un manual de cómo se ganan realmente las elecciones (aunque, obvio, hay muy buenas excepciones y candidatos que no hacen nada de esto). Pero La Silla quiso guardar “este manual de instrucciones” con las técnicas de aquellos políticos que no confían suficientemente en sus ideas:

1.     Acceder a la mermelada

Cualquier Ministro de Hacienda lo descubre rápidamente: pasar leyes cuesta. Y una legislatura puede costar entre un billón de pesos y el doble, dependiendo de la debilidad del Presidente. Si usted es congresista y de la coalición oficial, acceder a la ‘mermelada’ es una forma de empezar con el pie derecho para repetir curul. (Si usted no es de la coalición o no es congresista pase al siguiente paso).Así funciona la mermelada: el Ministro de Hacienda o el Ministro del Interior (dependiendo de las comisiones del Congreso encargadas de hacer las ponencias de las leyes que son importantes para el Gobierno) negociarán con usted unos montos de inversión para su región a través de los cupos indicativos. Entre más necesiten su colaboración, más recibirá. Si existe la sospecha de que su corazón está con Uribe, eso lo valorizará.Cuando lo busque el respectivo ministro usted le dice cuáles son los alcaldes que quiere ayudar. Y el gobierno, a través de convenios administrativos con entidades como Fonade, Invias, DPS y Coldeportes le giran esa plata a los alcaldes. ‘Sus’ alcaldes, a su vez, contratan con ONG o cooperativas de su bolsillo (preferiblemente del suyo) proyectos que con frecuencia son facturados por el doble de lo que deberían costar. Como agradecimiento, esos contratistas le harán aportes a su campaña. Por eso, si usted es un ‘mermelado’ más tendrá para gastar en su elección.

2.     Garantizar la lealtad de una fórmula (o de media)

En una campaña al Congreso, nadie va solo. Así que si aspira al Senado tiene que buscar una o varias fórmulas a la Cámara. Claro, si usted es Yahir Acuña puede llevar varias fórmulas al Senado, pero eso no es lo normal. El poder de un senador se mide, en gran parte, por la cantidad de representantes de las regiones con las que vaya en llave.Pero, normalmente, no es un asunto de meras simpatías. Estos matrimonios, con frecuencia, son por conveniencia y (como sucede a veces en la pareja) la lealtad se compra con plata. Así funciona la transacción: usted como candidato al Senado le ayuda a financiar la campaña a su fórmula a la Cámara. Y, en contraprestación, su fórmula que es más cercana a los líderes de base y a los concejales que consiguen los votos, le pondrá un número determinado de votos. Para encontrar esas fórmulas, en el directorio de su partido le dicen cuáles candidatos a la Cámara todavía no tienen pareja. Usted los llama y oye su tarifa. Según pudo averiguar La Silla, una fórmula en Bogotá puede costarle a un senador entre 70 y 800 millones de pesos, costando un voto a 10 mil votos. En la Costa, puede llegar a costar 120 mil pesos el voto, con lo cual una fórmula sale muy costosa.Pero si no tiene tanta plata, puede hacer ‘vaca’ con otros candidatos.  En estas elecciones algunas fórmulas a la Cámara dividen sus votos entre varios candidatos al Senado y cobran proporcionalmente.

3.    Salir a volantear

Desde que Enrique Peñalosa e Ingrid Betancourt salieron a ‘volantear’, ya no hay forma de ser candidato y no hacerlo. Pero no crea que es simplemente pararse en una esquina. Detrás de esa operación de volanteo hay una preparación cuidadosa.Se necesita, por un lado, definir qué se va a decir, que va de la mano con la planeación estratégica del mensaje de la campaña. También son muy útiles pancartas y camisetas para hacerse visible y llegarle no solo a las personas que reciben los volantes.Luego viene la logística. Primero conseguir un grupo de personas que volanteen. En algunas campañas son voluntarios, generalmente grupos de universitarios que están encarretados con una campaña. Pero también hay un equipo de calle, generalmente compuesto también por estudiantes a los que les pagan por día o por hora. Muchas campañas mezclan las dos modalidades, porque aunque los voluntarios son gratis muchas veces son menos confiables.Lo segundo es saber dónde hacerse. Esa decisión puede ser el fruto de unas ideas vagas de dónde es mejor (si no tiene plata) o de un trabajo estadístico complejo, con técnicos expertos (si quiere echar la casa por la ventana). Tanto así que hay fórmulas secretas de algunos candidatos, que no revelan y tienen detrás cálculos estadísticos y demográficos. Lo más importante es que sea una zona de alta afluencia de gente. Si es un lugar público, como una plaza o un parque, es sencillo. El lío es si es un espacio privado, como un centro comercial, o incluso si es el andén al frente, hay que pedir permiso, porque de lo contrario los vigilantes pueden molestar y sacar al candidato (que podría ayudarle a que hablen de usted, aunque mal). Eso sí, no hay que pagar para hacerlo en los centros comerciales, por lo menos normalmente. En todo caso, hay que volantear cuando se mueva mucha gente y preferiblemente cuando no haya mejor plan que leer su folleto (por ejemplo, en un trancón en Transmilenio).

4.    Comprar un voto

Los votos se compran en combo, como el combo de gaseosa y hamburguesa: el de los votos a Senado y a Cámara. La cosa es así: hay que zonificar la ciudad y, especialmente a las áreas de mayor votación y mandar sus enlaces a estos barrios que por lo general residen ahí mismo y son conocidos por todos los vecinos. Hoy a esos enlaces se les conoce simplemente como “líderes”.Cada líder, teniente o enlace está encargado de su respectiva zona. Usted les da la plata y ellos responden por los votos de su área. Cincuenta millones por líder es un buen promedio en la Costa, dice uno de los líderes consultados. Cincuenta millones de pesos alcanzan para dos mil votos si el comprador logra negociarlos a 25 mil pesos cada uno. “Eso se puede ahora (a tres semanas de las elecciones), porque entre más se acerca el día de las elecciones más se sube el precio”, prosigue la fuente. Por aparte, el enlace acordará un sueldo con usted, que a partir de esa negociación tendrá que correr con una ‘nómina’ (sin parafiscales, tranquilo).Los “líderes” son los mandamases de sus patios porque tienen el contacto directo con el candidato. Ellos buscan a líderes menores y les encargan conseguir, dependiendo del número de aliados que consigan y del tamaño del área que les tocó, 10, 20, 30, 50 votos. El compromiso de los posibles votantes queda consignado en la planilla en la que cada pequeño líder los va censando con nombre completo, cédula y lugar de votación. Todas esas planillas llegan a manos del “líder” que finalmente es quien le responde a usted por su plata y por sus votos.Cuando un elector acepta vender el voto, después de entregados todos sus datos, el pequeño líder reporta la “compra” al enlace mayor para que desembolse el efectivo.Usted paga todo cuando, al final del día de las elecciones, los apoyos que han contabilizado en esos formularios aparecen en el respectivo lugar de votación. Por ejemplo, si en el barrio Pescaíto, en Santa Marta, un enlace compra a 100 votantes que -previamente acuerdan con el candidato- deben sufragar en las mesas de votación de un colegio, ahí en ese sitio deben aparecerle al candidato al menos esos 100 votos.

Por supuesto, siempre hay el riesgo de que le hagan “la patuleca”, como dicen en Santa Marta: que los electores acepten la plata y no voten por usted pues finalmente ni los líderes ni usted (¡lo sentimos!) tiene cómo saber a ciencia cierta quién les cumplió y quién no. Por eso, si puede, no entregue toda la plata hasta que haya contado sus voticos, porque como dice uno de los líderes con los que hablamos, “En el votante está la derrota nuestra”.

5.    Conseguir que los medios hablen de usted o que lo dejen hablar

Usted puede pensar que lo más chévere es ser candidato de opinión, pero para eso necesita que 50 mil personas se enteren que usted existe. No basta con sus amigos en Facebook. Necesita que los medios le abran el micrófono.Para ello, lo primero, según le confirmaron a La Silla varios candidatos, es armar un buen equipo de comunicaciones. Normalmente traen a la campaña una persona que ya haya hecho ese trabajo o contratan los servicios de una agencia de comunicación, que tienen equipos capaces de trazar un plan de medios. En cualquier caso, estamos hablando de una inversión de hasta 16 millones de pesos para la campaña. Su tarea fundamental será entender qué audiencia tiene cada medio, cómo funciona y -sobre todo- cómo abrirle un “huequito” ahí al candidato.Si el fuerte del candidato es la economía, buscan a los reporteros económicos. Si son los derechos humanos, a los judiciales. Si dice cosas escándalosas o se va lanza en ristre contra alguien, cualquier periodista sirve.Enviar comunicados tiene pocos efectos. Como le contó un candidato a La Silla “los periodistas no leen comunicados” y de 60 personas a los que les había enviado uno, sólo cuatro lo abrieron. El teléfono es el mejor amigo, pero sobre todo entendiendo qué tipo de información produce cada uno, “aprendiendo a leer el medio para saber qué proponerles”, no llamarlos porque sí.Madrugue. Siga Twitter desde las 5 o 6 de la mañana -y de manera constante- para entender qué está sucediendo y, sobre todo, cómo pueden posicionarse en la coyuntura. “Genere noticia”, es el consejo que le repiten todos, sin que muchas veces le digan cómo. No es fácil, pero el secreto es que el periodista clave sepa que ahí hay una potencial fuente. Twitter es una forma, aunque en la miasma de gente trinando no es fácil ser encontrado.

“Si el marinero no para bolas, hay que ir donde el capitán”. A veces, sobre todo en televisión, ese -el director del programa, el editor, el presentador estrella- es el personaje al que hay que llegarle.

La radio es uno de los medios más importantes -por su audiencia mayor y más democrática- pero también uno de los más difíciles. Es más o menos fácil entrar una primera vez, pero según le contaron dos candidatos a La Silla, la pregunta temida y el consejo amigable llegan rapidito en la mayoría de emisoras. “¿Y vas a pautar?” “Ven la primera vez, pero yo te recomiendo la pauta”. En muchas ocasiones, es incluso el periodista -cuyos ingresos muchas veces dependen de ello, especialmente cuando tienen un espacio en una emisora que llenan como quieren y cuya pauta se quedan- quien pasa la carpeta con los precios de una cuña.

Pagada la pauta, no sólo salen las pequeñas propagandas de 20 segundos del candidato (que pueden costar hasta un millón de pesos, dependiendo del medio), sino que se abre la puerta para entrevistas y ser consultado como analista. A la persona encargada de prensa le toca hacer su ‘flow chart’ y decidir su cronograma de pautas, para luego también poder ‘cobrar el favor’. “En las que yo paute me tienen que entrevistar”, dice una persona que entendió el sistema este año.

Tienen que intentar explotar los nichos que les son más favorables. A los jóvenes les va bien en medios independientes, desde Kienyké hasta Shock. A los conservadores en El Nuevo Siglo (aunque mejor si son santistas). A en Canal Capital, en Contagio Radio y les iba bien en Voz (hasta que la Unión Patriótica sacó listas y el periódico ya se volvió menos para toda la izquierda). Las radios comunitarias son fundamentales para ganar espacio en barrios populares, pero su supervivencia también suele depender de la pauta. Y hay que aprovechar el nicho chiquitico de ‘espacios para candidatos’, que hay en radios como Caracol y La W o en páginas especializadas como Congreso Visible, y usar Twitter para contar que se habló.

Si no existe la coyuntura, siempre está la opción de crearla haciendo “algo que nadie haya hecho” como saltar de un puente, ponerle un brassier a una estatua, lanzarle huevos a un político, poner la imagen de un futbolista famoso o una medallista olímpica en su valla para darse un baño gratuito de publicidad (sin el consentimiento del supuesto apoyo). Esa fama, sin embargo, suele ser momentánea y no le garantiza necesariamente que el candidato perdure en los medios.

Y finalmente, varios coinciden en que hay que rezar por que nada suceda que de repente pueda opacar todos sus esfuerzos anteriores. Como aprendieron a las patadas muchos candidatos en diciembre (y luego en enero y febrero), la telenovela protagonizada por Petro y el Procurador puede comerse la mitad del espacio político de los medios. Súmele las chuzadas del Ejército, la Drummond y la pelea entre el presidente-candidato y el ex presidente-candidato, y la piscina queda más pandita.

6.    Usar un cargo para financiar una campaña

Los políticos colombianos, esos que se han ganado a pulso una curul en el Congreso, saben que si hay una ley que se cumple en política es aquella que reza que quien come solo, muere solo. Por eso, según pudo averiguar La Silla, lo importante no sólo es tener la torta (o mermelada, o la plata). Lo importante también es saber repartirla. Un político sin amigos es como un huevo sin sal.Todo comienza con la repartición de “la cuota de gobernabilidad”. Los partidos que pertenecen a la coalición, los congresistas “consentidos” del gobierno y las mesas directivas del Congreso, son aquellos que obtienen los mejores cargos en entidades públicas: la dirección en un instituto público, una entidad o un Ministerio del gabinete. Este proceso se lleva a cabo a puerta cerrada, en el Palacio de Nariño.El congresista que obtiene un cargo burocrático tiene poder para repartirlo entre sus aliados, sus “líderes”, y ellos a la vez, también reciben poder para conseguir a sus propios beneficiarios. Entonces comienza la repartición.Primero desde la base: los congresistas ofrecen, a través de sus líderes regionales, becas, empleos y subsidios en las entidad del Estado que les correspondió. Con la promesa de ingresarlos a la lista de beneficiarios o conseguirles un puesto, basta para conseguir los votos. No hay necesidad de cumplir. Con solo ayudarles a postularse para un cargo en la entidad, la gente, agradecida, va a las reuniones políticas donde se habla de un candidato.Además, como candidato repitente también puede aprovechar la capacidad de los directores de las entidades públicas para adjudicar contratos. Por un lado, el congresista consigue “cuotas indicativas” para su región, que se traducen en proyectos con sobrecostos y materiales de mala calidad (como está en la instrucción número uno) y de dónde sale un porcentaje que se da al congresista que los consiguió a través de su jefe político en la región.

Pero si eso es muy engorroso, puede apelar al método más sencillo: cobrar al contratista una “donación” para su campaña a cambio de ganarse una licitación.

7.    Usar su nómina (financiada por los contribuyentes) para financiar la campaña

Si usted está dispuesto a descararse, simplemente da la orden de que le consigan los votos. No sería el primero. La Silla ha sabido casos de varios funcionario que piden a los empleados conseguir votos entre sus conocidos para un congresista que puedan corroborarse con una copia de la cédula y el lugar donde están registrados para votar. El número de votos oscila entre 20 y 100, “todo depende del grado de desespero en el que se encuentre el candidato”.Si no tiene suficiente autoridad para dar la orden, cree una jugosa nómina paralela con contratos por prestación de servicios. Estos casi nunca sobrepasan los seis meses de duración y sirven no sólo para pagar favores y poner al hijo de un amigo en un cargo, sino para tener un grupo grande de personas disponibles para que, voluntariamente obligados, pongan en marcha una campaña electoral. La amenaza está implícita: si se niegan, no se les renueva el contrato.Para hacerlo hay diferentes modalidades, según contaron fuentes a La Silla. Los contratistas deben viajar a las regiones a entregar volantes, organizar reuniones y hacer presencia en las sedes de campaña. También deben destinar un porcentaje de sus salarios para apoyar su financiación. De acuerdo a una fuente, el porcentaje aproximado es del 30 por ciento sobre salarios entre dos y medio y tres y medio millones de pesos.En la nómina paralela también caben contratos falsos: el supuesto contratista firma un contrato, abre una cuenta de ahorros para que se consigne el suelo y después, le entrega la tarjeta débito a “su” funcionario que lo contrata a cambio de un porcentaje del salario. Así, el funcionario que recibe la tarjeta débito puede usar parte del salario para ayudar a financiar su campaña en agradecimiento por haberle dado ese puesto.Usted, como candidato, se cerciora de no aparecer en escena, pues corre el riesgo de quedar untado. Por eso, en las reuniones en las que los contratistas reciben las tareas propias de la nómina paralela, no se permite el ingreso de cámaras, grabadoras ni celulares. Todo esto puede dejar pruebas incómodas.

Nota de la Directora: Esta historia fue modificada después de publicada no en su contenido sino en la forma narrativa para que quedara como un verdadero manual de instrucciones y se completó con las últimas dos modalidades. Con el paso de los días se seguirá completando hasta el día de elecciones.

Fuente: La Silla Vacía